La U ganó el clásico de la juventud

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Ese balón detenido que parece inofensivo puede ser letal. Siempre lo supo Nolberto Solano, ese artista de la pelota parada, de ese disparo teledirigido con destino de gol. En su pie, un guante con forma de chimpún le daba ese impulso necesario para hacer que el estadio sea un manicomio en ebullición, sin control. Ahora, retirado y como DT, le tocó ser el Maestrito, pasar su sabiduría a los demás. Como a Aurelio Saco Vértiz, el enamorado de ‘Mía’ –personaje de una serie de ficción– que hace ver que al fondo no hay sitio para la U en la realidad. Como a Calcaterra, que centró perfecto para que Flores solo reciba elogios.

Saco Vértiz lo intenta desde hace varias fechas, con distintos finales, pero justo en un Nacional lleno, en un clásico como contexto, decidió patear como discípulo de Ñol. Una parábola perfecta, una estirada inútil, su primer gol del torneo y un grito que aún retumba en el banco de suplentes, donde no había camisas de seguridad para evitar la locura, la insania.

En la edad juvenil, muchos llegaron a la madurez. Andy Polo volvió a ser aquel del año pasado que tiene pinta de crack; Werner Schuler sabe que recordar es volver a vivir: su actuación se parecía a la que tuvo en la Libertadores Sub 20 del año pasado, cuando se llevó la Copa entre brazos.

En el cuadro blanquiazul, Yordy Reyna era la pesadilla grone. Sacó de quicio a los rivales, los llenó de amarillas hasta que un desgarro lo obligó a salir entre lágrimas. Decidieron apelar al corazón, argumento que les ha servido para levantarse como el ave fénix en una de las peores crisis de su historia y que recién surtió efecto en el segundo tiempo cuando ‘Kiko’ hizo la felicidad azul y blanca. Iban cuarenta segundos del complemento y muchos aún no se volvían a sentar en la tribuna cuando un colocado disparo de Paulo Albarracín se incrustó en un ángulo donde ni el mismo Spiderman haría sus telarañas.

La igualdad hizo que el campo se moviera como un tablero de ajedrez, todas las jugadas pensadas, el talento se volvió en inteligencia, el descaro fue cambiado por tranquilidad. Y así llegó un nuevo tiro libre, de esos que tanto le jugaron en contra a la U en el pasado pero que ayer se alinearon todos a su favor.

Calcaterra buscó el centro del área, donde Edison Flores llegaba con libertad para suspenderse en el aire y cambiarle la trayectoria al balón que antes de entrar coqueteó con las manos de Salomón Libman. Triunfo crema, victoria de Ñol, quien como jugador siempre ganó los clásicos y ahora, en su debut como DT, también. A Alianza no le bastó la cábala de jugar con la camiseta cruzada. Le faltó fútbol y argumentos para luchar, aunque en defensa Cánova destacó. Así, lo que era una pesadilla para la ‘U’ se convirtió en una bendición. Ese balón detenido que parece inofensivo pero puede ser letal le dio a la ‘U’ el grito de victoria en un partido en el que la juventud fue su divino tesoro si tomamos en cuenta que el promedio de edad en el ganador fue 22.7 años y en el derrotado de 23 años.